martes, 25 de diciembre de 2012

Un hijo bastardo del neoliberalismo comercial



El nudo narrativo de  El patrón del mal está amarrado al propósito de evitar por todos los medios violentos ser extraditado a Estados Unidos. Prefiero mi tumba en Colombia que una cárcel en el extranjero, enfatiza  Pablo Escobar Gaviria. Este culebrón televisivo se cierra con la muerte violenta, mediante policía, del narcotraficante más famoso del mundo, pero antes de cerrarse abre el nudo narrativo a numerosos sucesos, personajes, paisajes, peripecias pasiones. Es el despliegue sensacionalista y emotivo de cualquier melodrama que se precie de serlo y hasta con la falla de fábrica del género telenovelesco:   historia chata y  personajes planos,  así el final aparecerá  previsible desde el inicio, a tal punto que las telenovelas no enriquecen ni la ficción ni los datos documentales. Parecieran hechas para el entretenimiento, pero contienen algo más que las convierte en productos valiosos dentro el mercado cultural. Especialmente los seriales latinoamericanos, los  que cuentan historias acerca de estos países, pues ya sabemos son de maquila transnacional, por ejemplo El patrón del mal  fue ensamblado en Telemundo, productora estadounidense. Esto no quita que sean apetecidas y compradas en muchas partes de la aldea global, como Rusia, Israel, China y tantas partes más. Sin duda, la telenovela como género es uno de los pocos productos de exportación inventados en Latinoamérica, originariamente Cuba, después México, Venezuela, Colombia, Argentina y Brasil, principales fabricantes.
Al terminar El patrón del mal ya no me propongo ver otra telenovela, ni rosa ni negra ni amarilla. Esa la miré porque contiene la actualidad guatemalteca, aunque nunca se mencione. Me gustaría Avenida Brasil pero no creo que la exhiban acá en Guatemala, pues sería servir un mal ejemplo al público con esa historia de Ignacio Lula logrando que 30 millones de brasileños superaran la mera subsistencia para ascenderlos a la anhelada clase media. De repente se animan con valentía los canales presuntamente guatemaltecos, aunque me sorprendería ver dicho melodrama brasileño, subversivo a los ojos de  nuestros dominadores mediáticos.
Mientras tanto decimos  El patrón del mal  es algo más que entretenimiento para los de abajo. Ese plus  son los coches bomba explotando en las calles, el amor entrañable a la familia extensa más allá del apellido Escobar, hasta cobijar a todos  los del Cartel de Medellín y todavía alcanzar  barrios populares de la ciudad. Ese algo más son la madre fálica y el padre castrado. Soy como usted me hizo, le dice Pablo el criminal a Hermilda, su adorada madre. Ese algo es el humor negrísimo  de poner un personaje llamado Caín que es a la vez predicador bíblico y sicario. Por eso se habla de sicaresca en la narcocultura latinoamericana. Sicaresca es también el enredo del cura católico Gómez Herrera amonestando al patrón como a un servil monaguillo, acto insólito así fuera Escobar fiel devoto del niño de Atocha, porque su santa madre le enseñó a venerarlo.  Sicaresca de cabo a rabo aquel  capítulo donde José Luis Rodríguez,  celebrado  cantante El Puma, resultó echado a patadas por ponerse cariñoso con la esposa del patrón. No sé quién puma es ese, prorrumpió Escobar. 
No todo es picaresca ni sicaresca. Casi todo es violencia, terror, muerte. Miles de muertes por millones de dólares. El personaje clave, el protagonista es el dinero. Mejor dicho, el dólar. Me pego un tiro si en 5 años no tengo un millón, exclama el joven Pablito frente a sus amigos y futuros cómplices. Y no sólo cumplió sino sobrepasó todas las metas del dinero. El billete de los narcotraficantes que no es diferente al de los bancos donde se lava, sino el mismo billete rápido, fácil y abundante del libre mercado neoliberal.











miércoles, 28 de noviembre de 2012

Mirar telenovelas sin fastidiarse con la televisión

Este 1 de noviembre del 2012 han presentado por canal  7 de Guatemala (pura broma porque la televisora es transnacional) el primer capítulo de El patrón del mal, culebrón de especie  anaconda  colombiana alrededor del sanguinario narcotraficante Pablo Escobar Gaviria. Hoy ya  he visto los 113 capítulos completos,  gracias a las grietas en  la globalización comercial (mal llamada piratería). Esos márgenes del mercado deberían constituir el centro del libre mercado en países pobres , pero mil barreras impiden que los productos culturales lleguen puntualmente y a precios baratos.  Aun con esas adversidades pudimos ver dicha telenovela casi simultáneamente con su difusión original en Colombia, gracias a la piratería.
No voy a juzgar la telenovela, eso será en una próxima nota. Pero gracias al libre comercio informal de objetos culturales obtengo grandes ventajas sobre la televisión. En cuanto cometer piratería es un mal cuento moralista destinado para conciencias ingenuas . Qué me dicen de la piratería gringa del 13 baktún maya que empezó Mel Gibson en  el año 2006 con su película Apocalypto, sin darle ni medio dólar a la etnia quiché guatemalteca, a pesar que la película inicia mencionando como argumento una profecía quiché. Gibson  soltó las amarran para que más gringos tomaran posteriormente por asalto las naves de la industria editorial donde  publican cualquier cosa que se  viene en gana acerca del baktun. El 90 por ciento de esos  libros son de autores blancos, anglosajones y charlatanes. Sirva eso de contra ejemplo para no creer en propiedades intelectuales al estilo filibustero de USA. En la piratería planetaria cada quien agarra y las transnacionales de la cultura agarrarán más.
Volviendo al ejemplo de la telenovela, por mi parte estoy liberado de la publicidad que se come la mitad del tiempo televisivo y asimismo estoy desatado de los cortes brutales cada 5 minutos. No tiene chiste el anuncio de Pizza Hut luego del estallido de un coche bomba en Bogotá. Para ganarle a la televisión ejecuto algo simple:  poner el formato  dvd en la hora que yo decido (independiente del horario estelar obligatorio a las nueve en punto  de la noche por canal 7 y  arrastrarme subliminalmene al macabro noticiero nocturno de las 10 p. m., el noticiero con olor a sangre de los guatemaltecos y guatemaltecas. ). Otra ventaja es que puedo hacer pausas, retroceder  secuencias cuando quiero, especialmente por el sonido que sigue siendo deficiente  en películas y culebrones latinoamericanos, aunque  no tanto como el infame castellano peninsular, pues aquí nadie entiende ese dialecto farfullero de Madrid, al grado que popularmente lo denominamos  gallego, quizá porque suena mal como idioma materno. Pobre Galicia  porque los malsonantes seguramente estarán en Castilla. En todo caso, valga el hablado chileno, mexicano, colombiano, argentino, siempre el castellano hispanoamericano pero nunca el castellano de los "gilipollas"españoles. Volviendo a mis ganancias audiovisuales puedo sintetizarlas así: habiéndose  superado la televisión, estando hoy en la era  postelevisiva  puedo ver placenteramente todos los capítulos de una telenovela ( no miro muchos culebrones, me interesan los de narcotráfico porque narran una cultura predominante) sin tener que sufrir los exactamente 30 anuncios del canal comercial, viejos piratas  patrocinadores de detergentes, comida chatarra, propaganda del gobierno, cerveza brasileña  como babas, vitaminas que son placebos y decenas de marcas más en el  anciano régimen de la televisión.Yo sólo utilizo los discos ya comprados a precios baratos en el mercado informal, un reproductor y una pantalla. Por supuesto existen tecnologías más refinadas para consumidores de gusto exigente.
 Bienvenida sea la piratería a este país siempre por abajo de la línea de pobreza, bienvenida para siempre, pero sin magnificarla porque ha causado atrocidades entre las que se cuentan la liquidación de la industria musical, especialmente la clásica. Mucho he buscado a Shostakovich, pero ese músico tonante no truena sus  timbales en un mercadito de barrio  para la plebe. Al final de cuentas siempre salgo compensado:  la última vez conseguí una buena película de un país que se llama Eslovenia.

sábado, 6 de octubre de 2012

Ganen dinero, damas y caballeros, apostando por un premio Nobel de Literatura

Estamos a un par de días que la Academia (existen tantas academias) anuncie nombre del afortunado  premio Nobel de literatura 2012, con su diploma más un millón de dólares, aparentemente libres de cualquier sospecha.
Pero la suspicacia surge  por las apuestas, como si estuviéramos en tramposo juego de naipe. Hoy sobramos los convencidos de vivir en un casino, donde cabe cualquier premio por muy sueco que sea. Por supuesto que hay garitos legales e ilegales. y uno de esos legales en el ilimitado espacio de internet es Ladbrokes, la casa de apuestas con edificio en Londres donde se puede jugar a todo siempre y cuando cash en mano.
Como ya les conté el año pasado, Ladbrokes también abre sus apuestas hacia la literatura, ese mundo superior de la belleza, las musas griegas (ya tan devaluadas), con espíritu de poetas sagrados cuyo canto se supone de gracias. Mejor dicho, se suponía hasta que llegó Ladbrokes echando suertes. En este momento todos podemos ganar dinero, no sólo el literato premiado. Apuesten por uno, dos, cinco candidatos. Jueguen al azar. Pueden ganar miles de dólares con una quiniela más sencilla que una carrera de galgos.
Pero siempre aparecen las suspicacias, por ejemplo, uno se pregunta quien les dio la lista de 110 concursantes a a los del casino londinense. Por qué tantos aspirantes, mucho más que en cualquier reality show. O de repente el premio Nobel se ha vuelto parque temático multicultural  sin que uno se haya dado cuenta. Y si eso sucede en la alta cultura, que cosas estarán ocurriendo en la plebeya, pues sin duda ambas están mezcladas como se muestra con las obra pictórica original que hoy decora mansiones californianas de narcotraficantes.
Para entrarle al dinero, voy a entresacar del listado, los nombres de cinco probables ganadores, aunque personalmente no apostaré por ninguno, porque todos ( los 110) son maluchos, igual que en años recientes.
Primero los excluidos por default :  todos aquellos que tengan apellido que suene a español, pues ya le dieron dinero a Vargas Llosa y no se vale repetir. Aquellos con algún estigma religioso, sea por islamofobia o antisemitismo. Los nacidos en idioma demasiado periférico para  el escenario mediático, como el espanglish, swahili, lengua gitana, aymara u otro marginal. También está excluido Dios, autor de la biblia, por razones divinas. Hago la salvedad que Dios no aparece en el extenso ranking de Londres pero fue propuesto por un fan.
Ahora sí les colocaré 10 escritores (misoginia incluida) uno de los cuales ganará el anhelado  millón, aunque también estén algunos en condición dudosa. El orden de probabilidad es distinto al que ofrece Ladbrokes pero todos salieron de su tragamonedas:

Adonis  (dudoso, pero de Siria)
Bob Dylan (dudoso, USA)
Philip Roth (USA)
Cormac McCarthy (dudoso, USA)
Thomas Pynchon (USA)
Don De Lillo (USA)
Haruki Murakami  (dudoso, Japón)
Amos Oz (dudoso, Israel)
Milan Kundera (República Checa, ciudadano francés, dudoso por traición política)
Claudio Magris (Italia)

Por supuesto que me puedo equivocar completamente, de manera que no me tomen en serio ni se les ocurra echarme culpa por perder. Eso les pasaría por codiciosos.
Lo único interesante de todo esto  es que Ladbrokes anticipa la lista. Ahí puede estar ( entre 110 candidatos es casi seguro) el brillante premio. Se acabó para siempre jamás, damas y caballeros,  el misterio de la literatura. Todo se hace transparente, visible. Todo aparece resplandeciente y vertiginoso en el juego de la ruleta, que también es un arte según los nuevos códigos.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Comunistas y Anticomunistas de Sitalá


En Sitalá hay una  camarilla de comunistas que no creen en Dios. Esos están tratando que el gobierno se adueñe de los nuestros hijos pequeños, quitárselos a su legítima familia. Quieren hacer lo mismo que aquellos rojos de Rusia. Allá los deshuesan para fabricar jabón con su carnita molida. Destruir la familia y que sólo el gobierno sea dueño de todo. La mujer también sería para quienquiera acostarse con ella. Ya no habrá respeto al hogar, menos a la propiedad. Las huertas con todo y casa, cafetalitos,  moliendas de caña para panela, las vacas,  potreros, maizales,  terrenos sin sembrar, toda propiedad privada, sea por herencia o comprada debe pasar a manos del gobierno. Eso es un robo que no permitiremos. Quitarnos todo, hasta nuestras creencias cristianas y dejar de  ser fieles a la familia y a la patria. Quieren entregarnos a una potencia extranjera donde únicamente manda el dictador Stalin. Robarnos la libertad para someternos a la esclavitud. Ese es su propósito, el mismo que los rusos ya hicieron en Hungría, Polonia y en más satélites del oso rojo. Repetiremos que esa camarilla de gente son ateos, enemigos de la familia, de la propiedad privada y de nuestras sagradas tradiciones. Nosotros creemos en el Cristo Negro, la santísima Virgen y las verdades del Santo Padre que está en Roma.
Somos anticomunistas porque no queremos ser iguales. Todos somos diferentes, así nacimos, así nos hizo Dios  y así moriremos. No aceptamos sus falsas promesas. Queremos seguir siendo como fueron nuestros antepasados españoles con apellidos Villeda, Guerra, Monroy, Aldana, Machón, Torres, Mejía, López, Ramírez, Godoy, Sandoval  y tantos más que le han dado lustre a la noble villa de Sitalá, por ejemplo don Jerónimo Marroquín Julián, que no es indio como dicen, pues  aquí no hay gente de esa raza ni hablamos en dialecto. El es mezclado, mestizo, por eso nos puede ayudar bastante para convencer a los campesinos, especialmente en  la cofradía de San Francisco Conquistador. Pobres pero libres, y así queremos seguir viviendo siempre. Albañiles, carpinteros, agricultores, dueños de alguna tiendecita, herreros, ordeñamos unas vaquitas y vendemos leche, queso fresco, requesón, mantequilla, hasta hay dos sepultureros para enterrar los muertos. Eso es todo lo que somos. No tenemos casas llenas de lujos, casi siguen igual como vivieron los abuelos. Quizá por eso a veces escuchamos sus voces,  miramos su sombra, los vemos caminar por estos largos corredores.  Todas las noches rezamos para vencer al enemigo. Sabemos que los pueblos hermanos de Nicaragua, El Salvador, Honduras y Estados Unidos están apoyando porque también son amantes de la libertad. Seguiremos en el bando del teniente Coronel Carlos Castillo Armas, no solamente hoy que es junio de 1954, sino todo el tiempo,  puesto que él es nuestro caudillo para salvarnos de las garras del carnicero rojo.
Los culpables son esas personas comunistas y herejes. Qué bonito, regalar lo que no les cuesta. Ellos soliviantaron el ánimo de los campesinos que ahora pretenden faltarnos el respeto y alegan tener derecho  sobre nuestros bienes. Ellos siembre habían sido respetuosos y obedientes, pero ahora se han vuelto abusivos con sus patronos.  Si hasta tierra les damos para que tengan su maíz y frijol. Por qué exigir más.  Los campesinos siempre han sido mozos, peones, jornaleros, mandaderos, arrieros, leñadores. Sus hijas son sirvientas en nuestra casa.  Hasta somos padrinos de sus hijitos.
Y no me cansaré de repetirlo,  todos en Sitalá  vivíamos como una gran familia hasta que estos comunistas, desgraciadamente nacieron aquí, empezaron con su alboroto de repartir todas nuestras cosas y querer cambiar un modo de vida desde que Sitalá existe. Eso es imposible.

Un Hombre Armado Para Matar


Don Juan Godoy llegó borracho a donde mi abuela como a las siete de la noche. Desenfundando su pistola la descargó las balas sobre el mostrador de la tienda y sentenció: -estas balas son para metérselas a Julio.
Don Juan Godoy Jiménez, hermano de Josefina, la madre de mi madre. Era naturalmente mi tío. Por la mañana había invitado a desayunar al teniente coronel Carlos Castillo Armas, pero el caudillo no llegó.
Terminando mayo de 1954, ya era de noche, mi madre lloraba desconsolada. Aferrándose a la portezuela de un jeep descapotado del ejército nacional, clamando para que los militares no se llevaran a sus dos parientes porque seguramente iban a fusilarlos. Eran mis tíos don Florencio Castañeda y don Juan Godoy. Ellos estaban pensativos y pero tranquilos. Se los llevaron prisioneros y a los pocos días estaban de vuelta en Sitalá.
Mi tío Juan tenía sus terrenitos heredados, aunque su prestigio se debía a tramitar papeleo de leyes agrarias. Siempre había gente sentada en la sala de su casa. Pulcramente vestido, espalda erecta, pelo plateado,  tecleaba su máquina Royal redactando en papel sellado litigios de persona letrada.
Viendo las balas regadas sobre el gran vidrio que recubría el mostrador mi abuela asentía: -Sí, Juan Antonio.
El ya no dijo más, salió a la calle borracho y  erguido, con una mueca de locura asesina o quizá suicida  que no tenía nada de sonrisa. No sé por qué seguí sus pasos por aquellas calles empedradas, apenas iluminadas con bujías de 25 voltios.
Sitalá  está asentada sobre una leve pendiente y él caminaba calle abajo, yo detrás aunque no tan cerca. Cuando me di cuenta estábamos en las orillas del pueblo, a una cuadra del puente viejo. Todavía no eran las ocho de la noche y reinaba completo silencio. Sólo resonaban los zapatos de mi tío. De repente lo oigo proferir: -indio abusivo, baje inmediatamente el arma  porque, pues usted me debe respetar. Estaba dirigiéndose a uno de los cuatro centinelas armados de metralleta que resguardaban el perímetro íntegro de Sitalá. El vigía le contestó desde la oscuridad:  -cuidado se acerca señorito, porque lo mato. Mi tío aunque hizo ademán de enfrentarlo,  burlonamente se encaminó a la cantina del señor Villeda que estaba frente a la esquina del centinela. Tocó la puerta de la cantina, abrieron y entró. Rápido cerraron y la noche me envolvió en su silencio y penumbra.
El destino ya lo tenía elegido para la violencia final. Cuatro años después  mi tío Juan mató a Mingo Ardón, un muchacho liberacionista y virtuoso marimbero. Lo mató por llevar al baile de gala a la trapecista del circo.
-Aquí sólo ingresa gente decente de Sitala. Este salón se respeta. Usted puede quedarse pero la cirquera se va. Mingo agarró amoroso la mano de la hermosa forastera y don Juan Godoy lo mató sin mayores trámites. Por eso digo que también los liberacionistas se mataban a fogonazos.         

Carlos Castillo Armas perdió la batalla de Sitalá


Miré  la gente subir a un camión de palangana que ostentaba  frontalmente la marca  International. Ese camión había llegado de afuera, a saber de dónde. Los que iban a pelear trepaban por los peldaños de la puerta trasera  colgada por dos cadenas de hierro hasta casi tocar el suelo. La palangana era como una gran bandeja rodeada por cuatro barandales de madera pintada de azul. No había donde sentarse porque era  camión para transportar mercaderías.  Estuve viendo hasta que arrancó International con unos cuarenta muchachos encima. Se llevaba algunos  de las mejores familias entremezclados con campesinos de ropa remendada y caites  amarrados por gruesos cordones de cuero curtido. No todos iban armados, sólo unos cuantos portaban fusil con culata de madera que parecía pesar mucho.

En Sitalá no había muchas armas de fuego. Apenas algunas  viejas escopetas de  cacería. Lo que si abundaban eran machetes, verduguillos, navajas, puñales. Toda la gran familia de armas blancas con las cuales ejercer una violencia feroz, que incluía cortar la lengua del enemigo o quitarle los huevos. Hasta ocurrían zafarranchos a machetazos entre los mayas que dejaban indígenas caminando como sonámbulos ensangrentados sosteniendo sus propias tripas. Destazar gente un acto de violencia normal, pero eran legendarios los muertos con pistola. Por eso resultaba temible la figura rubia de don Chico Jiménez que, cuando se emborrachaba, pistola antediluviana en mano, jineteando una hermosa  yegua tras su hermano Enrique para matarlo. Don Enrique y su señora esposa cerraban puertas, ventanas y balcones hasta que cesaba la borrachera asesina. Ese magnífico espectáculo sucedía cada seis meses. Otro suceso fue del apodado Mono Rojo, quien se pegó un tiro en el ojo izquierdo. No logró suicidarse y algunas veces lo vi pasar como tromba, medio borracho y furibundo, manejando con un ojo el único sidecar que corría por aquella villa. 

Pero esta vez los jóvenes de Sitalá partieron con un fusil al hombro. En la calle nublada había gente mayor, hombres  y mujeres, parientes que sollozaban  o simplemente se les rodaban las lágrimas. Eso fue al tercer día que entraron los liberacionistas. Apenas habían tenido día y medio para entrenarse en la plaza con gramilla frente a la alcaldía municipal, pero ahora iban a pelear contra el  ejército nacional. Me quedé en la calle empedrada,  junto a los afligidos parientes de aquellos combatientes improvisados hasta que perdí de vista  los sombreros de palma amarillenta que sobresalían del camión cuando se perdió en el cruce hacia la carretera.

Eso fue como a las nueve de la mañana un día en la primera semana de junio. Ya no vi más  movimiento de camiones, ni liberacionistas de brazalete azul con una espadita como insignia. No vi ni escuché  nada,  hasta el día siguiente como a las cinco de la tarde cuando regresó International con el cadáver de David Villeda, un muchacho veinteañero de las familias honorables. También regresaba Licho López con una piedra destrozada, que luego se la amputaron. Pablo Morales apareció vivito y contento meses después. Contó que cuando se dio cuenta de la balacera tiró su fusil a la mierda y se deslizó por los breñales de la serranía entre Ceniceras y la Oscurana, teatro de la guerra  a unos veinte kilómetros de donde vivíamos. Allí aconteció el único enfrentamiento armado entre los liberacionistas y el ejército nacional. Los sitaleños habían entregado su sangre en una escaramuza perdida sobre dos sitios perdidos en el mapa.

Los liberacionistas salieron derrotados. Sitalá lloraba y enterró a sus muertos como  una contribución de sangre contra el comunismo. La gente  se vistió de luto y tristeza.

Nadie sabía mayor cosa de lo que había ocurrido, pero yo sentía que algo se movía arriba de los liberacionistas. Una señal aparatosa era ese avión que cruzaba cada vez más bajo  lanzado papelitos de viva la liberación y muerte al comunismo ateo. Yo sentía que esos liberacionistas eran un puñado de gente sin rumbo fijo, pero otra fuerza oscura  y distante iba a cambiar mi mundo.   

Así que casi al anochecer ingresó siniestramente  International   con el cadáver y los heridos. Al día siguiente los jefes liberacionistas abandonaron la villa. El teniente coronel Carlos Castillo Armas había brillado por su ausencia durante la despedida de los alistados. El caudillo llegó, perdió y se fue de Sitalá sin decir adiós.

El obispo Luna ya había llegado a sembrar la paz


Ni durante aquellos días fatídicos cerraron las casas en Sitalá. Las puertas seguían abiertas porque  todos nos conocíamos y hasta resultábamos casi parientes con tantos siglos de endogamia. Está claro que había ricos y pobres, incluso con envidias, pero lo que más envenenaba era el rencor por algún hecho de sangre, aunque ya lejano no era olvidado por los familias. Ese era mi caso y para complicarlo también yo era mitad evangélico, mitad católico, lo cual  era a su vez una ventaja, pues me permitía entrar a todos los hogares en esa condición de niño sin religión determinada. 

 
Aunque las puertas seguían abiertas, las calles estaban desiertas de gente adulta; solamente niños callejeando, casi todos varones, pues las niñas por costumbre rara vez salían, apenas para comprar alguna cosa y de nuevo a encerrarse. Ahora eran los hombres adultos los encerrados, los que no andaban por la calle, ni en el billar, ni en las cantinas. De manera que había un  ambiente de silencio desacostumbrado, porque las mujeres ni contaban, paradas en los portones, mirando para todos lados, con las manos enganchadas a la cintura.

 
A esa edad yo hablaba con todos los pequeños, pero no recuerdo especialmente algún amigo de siete años. Quizá no tenía ningún amigo, aunque  eso no era impedimento para andar vagando. Ya era experto en entrar y salir de las casas, donde a veces me quedaba a comer algo como invitado. Lo mismo pasaba con la iglesia colonial, la conocía desde el atrio hasta la sacristía y subía al campanario para corretear por la bóveda  hasta treparme  en la cúpula y contemplar desde esas alturas el paisaje de casas y más allá los cerros y todavía más allá, las nubes.
 
De igual modo entraba a la capilla evangélica para cortar mangos  y limalimones. A esa no le llamaban iglesia, sino capilla de los protestantes. Eran unas pocas familias evangélicas de la denominación Amigos, fundada por misioneros estadounidenses a inicios del siglo veinte.

 
Además de los católicos que eran la gran mayoría de habitantes, estaba la cofradía indígena, con sus ritos inmemoriales, sus celebraciones sonoras con aquel como resoplo emitido por el caracol, con el tamborón que retumbaba desde alguna aldea montañera, con la chirimía saltando de tonos al compás medio borracho del  músico pagano.

 
Todo eso lo había visto y vivido, así como la diversión del circo que llegaba una vez al año con su volatinera de piel dorada, rostro tocado con estrellitas plateadas,  medio desnuda en su apretado traje de baño verde limón. Aparte de eso, la otra distracción en aquellos años cincuenta habían sido los húngaros que acampaban por meses en el espacioso campo de zacate, situado entre la casa de mi abuela y la mole del templo católico. Aquellos húngaros reparaban los peroles de cobre que mi abuela necesitaba para hacer sus dulces de zapote, manzanilla, toronja, piña, mango y mil sabores más. A nuestra casa entraban aquellas húngaras,  blancas como la leche,  arrastrando sus faldas de colores brillantes. Entraban para llenar de agua sus jarras, porque mi abuela les daba permiso.

 
 Esos húngaros fueron la primera tribu que conocí, con niños y niñas, mujeronas y hombres que se mantenían todo el día viendo la dentadura de un atajo de de yeguas y caballos para negociar con aquellos últimos jinetes, mis paisanos.

 
Así como entraba y salía por todos lados, así entré a la casa parroquial al ver amontonarse un puñado de señores de Sitalá. Había llegado monseñor Luna. Eso fue un día antes de que llegara el teniente coronel. Creo que a monseñor Constantino Luna ya le decían señor obispo. La gente se hincaba y le besaba un anillo reluciente de la mano derecha.

 
- Que la gente de Sitalá ponga un trapo blanco en señal de paz y rendición, oí decirle a monseñor Constantino Luna Pianegonda.

 
 Los señores de Sitalá cuchicheaban y luego salían disparados. Eso fue como a las cuatro de la tarde en aquel junio de la invasión. A las seis, entre la claridad moribunda del día,  colgaban trapos blancos en todos los postigos de Sitalá. A esas horas monseñor Luna ya estaría regresando a Zacapa, su sede apostólica, después de sembrar paz en la desarmada villa.

 
Aquella no fue una rendición impuesta sólo por el emisario del Cristo Negro, pues se notaba  complicidad en casi toda la gente, especialmente  católicos y aquellos de la cofradía maya. Juntaron sus creencias tradicionales para apoyar voluntariamente la invasión.

El Día que Conocí a Castillo Armas


-¡Retírense !

 Voz de mando un poco aflautada en aquella cara  como cáscara  de palo resecado por aires de tierra caliente. Tenía un medio bigotito, negro y lacio. La cabeza descubierta, sin birrete, sin kepis, con el pelo recortado a la manera de los soldados. Su cuerpo encasquetado dentro uniforme color caqui le quedaba como bailando, dándole un toque de payasito triste.
 
No volvió a repetir la orden, ni tenía porque hacerlo. Con una vez bastó para que, con mi hermanito, entendiéramos.  El señor tenía toda la razón, aunque nosotros creyéramos que estábamos ayudando a secar las gomas y las varillas del parabrisas de La Lupita, así se llamaba  la camionetilla de doña Guadalupe Baldelomar.

En junio siempre llueve en  Sitalá. Eran como las once de la mañana  y apenas caían unos goterones desganados. Pero ya amenazaba el aguacero con aquellos truenos que retumbaban por el redondel de cerros y tronaban allí abajo en Sitalá, como ecos recién llegados de otro mundo. Aguacero y después sol. Una y otra vez. Así llueve por esos lugares.

Había sol cuando todavía trasteábamos las varillas rellenas de hule , mirando  el vidrio delantero chorreando agua enlodada.  Dos niños traviesos trataban de secar el vidrio.En esas estábamos cuando salió la voz  seca y ablandada del que parecía soldado.

En ese momento La Lupita estaba  estacionada frente a la oficina de correos y telégrafos. De esa oficina salió aquella mañana de junio el teniente coronel Carlos Castillo Armas quien tenía toda la razón, aunque yo lo sintiera como regaño. La camionetilla no era de él, quizá se la habían prestado ya que casi toda la gente en  la muy noble y muy leal villa de Sitalá  propalaba ser castilloarmista, demostrándole apoyo incondicional a un desconocido  al que empezaban a llamar caudillo.

 Mi hermanito se había ido a saber para dónde  y la atmósfera era un fulgor naranja en vez del gris tormentoso anunciándose hacía apenas unos instantes.

Mi edad: ocho años. Mi mundo pleno: Sitalá. Como amaba, dios mío, ese pequeño mundo. Quizá para otros era un cascarón de casonas viejas entreveradas por calles destartaladas. Para mi era la plenitud, el juguete perfecto. Los callejones de lodo rojizo, una mina para hacer carreteras y efímeros castillitos de arena;  los escarabajos vivos y torpes, blindados como tanques de guerra. Sobre ellos cayó mi violencia después del ademán de policía: ¡retírense!

 En ese momento algo sinistro estaba sucediendo, algo como un terremoto aunque la tierra estuviera  firme. Era un terremoto de otra clase que no podía adivinar, sólo el presentimiento doloroso de que algo malo volaba alrededor como viento negro.

Lo cierto es que había visto al famoso Castillo Armas. Y había hablado, pero no fue ni un saludo amable, ni una broma chispada, menos una sonrisa. Era una orden con regaño de guardián. ¡retírense!.

Nunca se me olvidó la vez que conocí al teniente coronel  Castillo Armas. Nunca más lo volví a ver en persona. El estaba solito, íngrimo. Así salió al andén porque quizá oyó bulla de niños traviesos. Y tenía razón de enojarse al vernos fregar la camionetilla. Ahora con este montón de recuerdos, pienso que tal vez el teniente coronel estaba poniendo un telegrama o llamando por aquel teléfono de manubrio, medio gritando aló, aló, aló, a saber  a quién. Yo me retiré sin decir nada y  cuando  llegué a la casa fue sólo para oír  a cada rato que Sitalá estaba tomada por las tropas de la liberación nacional dirigidas por el libertador Castillo Arnas, aquel hombrecito que no daba ni miedo ni nada en la oficina de correos. Al día siguiente, siempre a las once de la mañana, miré las tropas de campesinos desarmados, el pelo recortado en disminución alta y calzando caites hechos con rebanadas de hule de llantas marca goodyear. Eran campesinos de las aldeas de Sitalá,  los mismos que llegaban cada domingo a la plaza para vender y comprar sus cositas. Sólo me admiré de ver aquellos dos o tres señores extraños con sus pequeñas metralletas colgadas al hombro. ¿cómo había aparecido eso?  ¿qué más iba a suceder?

domingo, 16 de septiembre de 2012

palestinos y mayas guatemaltecos masacrados en septiembre

La matanza de Sabra y Chatila ejecutada en 1982, el día 16 de septiembre, ofrece cierto parecido con las  masacres en Nebaj, Quiché, un día antes, o sea 15 de septiembre, día oficial para la denominada independencia nacional de Guatemala.
Las similitudes percibidas desde que tuve noticia sobre aquellas atrocidades son mínimas pero evidentes: Tanto los palestinos como estos indígenas, eran poblaciones de mujeres y hombres indefensos, familias con numerosa niñez y ancianidad, asesinados en el acto.
El asesinato colectivo fue lo que en jerga se clasifica como operativo militar, cargada sobre civiles desarmados; una acción oficialmente autorizada, ordenada por jefes de gobierno. Así ocurrió en Líbano y Guatemala.
Dicho genocidio manchó de sangre las manos de cristianos asesinos, porque ambas masacres fueron efectuadas en nombre del cristianismo. Asiático o mesoamericano, pero que viva siempre  Cristo Rey, con sus respectivas falanges libanesas o guatemalecas.
Indígenas y palestinos, hasta donde se sabe, no eran culpables de nada. Aún así ya estaban sentenciados a morir por los propietarios de la ley de matar seres humanos.
Impunidad es el velo que disimula ambos hechos sangrientos del septiembre de 1982, tanto en Beirut como en Quiché. Obviamente lo de Sabra y Chatila obtuvo más repercusión internacional, mientras que los de esta etnia ixil-guatemalteca quedaron en la impunidad, el silencio  y el olvido.  Mejor dicho, nunca se reconoció públicamente el hecho criminal. No se habla de eso, menos en medios internacionales. Mejor dicho, aquí a veces  se habla  para negar tal masacre de lesa humanidad.  De esa  manera el presidente militar actual, quien quizás estuvo activo en Nebaj, está afirmando constantemente con  voz fuerte:  En Guatemala no hubo genocidio. Nuestro señor presidente cuando afirma, niega. En eso representa el vivo ejemplo de toda la historia nacional, incluida la cacareada independencia patria correspondiente al mes de septiembre del actual calendario gregoriano. 
Pero la similitud que más recuerdo de los dos genocidios es que fueron ordenadas por dos renombrados generales, ahora ya desahuciados por la decrepitud: Ariel Sharon y Efrain Ríos Montt. Uno general judío, cristianísimo el famoso general  Efrain. Seguramente ambos van camino al paraíso sin sufrir condenas en este mundo que además fue de ellos por su gran poder.
A saber si tendrá que ver con el asunto, pero aquí quedaron agencias israelíes de policía como vivo recuerdo de aquellos años de aldeas masacradas. No creo que estuvieran guatemaltecos aquel día de Sabra y Chatila, pero agentes de Israel todavía siguen prestando acá  sus buenos servicios en el secreto mundo de las armas.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Pussy Riot y Julian Assange en dificultades por una insignificante palabrita

En la entrada anterior señalábamos la  maliciosa alianza entre Suecia, USA e Inglaterra. Sale sobrando Australia y por eso no fue mencionada. La malicia es en torno a una palabrita que ha dado mucho para dudar: Democracia. El recientemente fallecido Gore Vidal escribió abundantemente que en  USA nunca existió la denominada democracia. Noam Chomsky también asegura que dicha sociedad está sometida a poderes financieros.  Otros más estudiaron ese fenómeno insidioso, como el sociólogo Wrigth Mills, quien describió la genealogía dominante, las familias, la élite que dicta hasta donde puede llegar el pueblo. Pero todo ese pensamiento crítico ha sido sistemáticamente prohibido en las instituciones de difusión estadounidense. Chomsky es el mas evidente en esa modalidad de censura. Por supuesto, estarán  esperando que muera, porque ya cadáver no podrá ladrar, y entonces sí saldrán elogios, homenajes y discursos fúnebres. 
De Suecia recuerdo a Olof Palme como su último hombre de rasgos democráticos. Hubo magnicidio, mataron a Palme y nadie lo recuerda. Magnicidio fue aquel hecho de sangre en suelo sueco, no fueron presunciones sobre violación sexual. Crimen político nunca resuelto judicialmente.
De Inglaterra sus crímenes y malicias están en la obra de Shakespeare. Esa isla y sus actos de traición, codicia, infidelidades cortesanas, hipocresía,  asesinatos, incestos,  eso y más puso en escena el dramaturgo británico. Acciones, aventuras y pasiones que hoy pueden verse en películas, pues aquel teatro resultó filmable y fácil de visualizar.
Las personalidades arriba mencionadas nunca hicieron propaganda sobre democracia  porque no y quizás nunca existió, aunque su retórica continúe fluyendo. Además la voz democracia arrastra  idealizaciones como derechos humanos, civiles, políticos,  individuales y sociales. Palabras, demasiadas  palabras. Así, mucho ruido y pocas nueces en los reinos y potencias citadas. El mundillo occidental se llena la boca hablando de democracia y derechos humanos, pero nunca cumplieron. Por cierto, aquí en el trópico tenemos una novela de Alejo Carpentier, El siglo de las luces, cuyo protagonista trajo la carta de los derechos del hombre y también la guillotina. Realmente sólo nos dejaron la guillotina y otros enseres similares. Lo más hiriente no son las armas, tortura y muerte, sino falsas promesas sobre democracia y derechos humanos. Hubo una época en que llegaron al cinismo de ofrecer libertad, igualdad y fraternidad.  
En lo que refiere a Julian Assange ese es su mundo de referencia. Democracia y derechos que no existen y por consecuencia imposibles de aplicar. 
La dificultad con Pussy Riot radica en que Rusia no tiene discursos sobre democracia ni  derechos humanos.  Ninguna promesa, ninguna esperanza. Allí ha existido dictadura como estilo asiático de dominación, desde los zares, Stalin, hasta el día de hoy. Extraerle una sonrisa democrática a Putin es como pedirle a Obama que se ponga serio. Putin hace discursos sobre una Rusia armada hasta los dientes para defenderse de Occidente, pero nunca ofrece democracia ni tampoco derechos. Este personaje estará en novelas de Dostoievski, Pasternak o  Solzshenintsyn. Sobresale Dostoievski con su obra irrepresentable en el cine, porque trata el nihilismo,  la culpa, Dios, el pecado, la inocencia. Al éxito fílmico de Shakespeare se corresponde un sonoro fracaso del ruso, quizá porque lo suyo son pleitos de alma.
Seguramente las tres mujeres de Pussy Riot son inocentes. Eso es insignificante en Rusia que nunca ha prometido ni democracia, ni perdonar, ni derechos humanos. Mundo oprichnina, gulag, cárceles y trabajo forzado. Todo un ejemplo asiático donde no ofrecen libertad de expresión, al contrario de los ingleses. Obviamente los rusos son honestos. Por lo menos mantienen una coherencia.  Ellos no tienen nada que cumplir, pues nada ofrecieron en cuanto a derechos, al contrario de Occidente. A estos se les fue la lengua al anunciar libertad de expresión para todos, incluido Assange. Los rusos quieren un estado poderoso, una fortaleza militar,  no una sociedad permisiva. Por eso resulta irónico que las inocentes mujeres de Pussy Riot acusen a Putín de tirano en el país de la dictadura. Como se nota, nuestra dificultad está en la democracia, esa palabra vacía  y seductora.    

jueves, 16 de agosto de 2012

Cartas secretas, mujeres y pena capital

En este país copulamos para satisfacernos un ratito, porque después la carne volverá a su tristeza habitual. Estoy hablando del animal hombre. Este dice sin eufemismos: me voy a coger esa mujer, y normalmente la posee por las buenas o las malas. Siempre habrá una dosis de violencia que satisface a la hembra. Hablo del coito del hombre sobre la mujer. Ayer, hoy y probablemente mañana será igual: una buena revolcada, gemidos universales y hasta la próxima si es que la hubiera. Aquí el acto sexual penetrante tiene bastante de violación, es parte del jardín de las delicias.
Por tales motivos, todo el fárrago occidental promulgado (Europa-Estados Unidos) son  una sarta de reglamentos burocráticos para mi mundo sexobestial: administrar la distancia y los gestos para no caer en acoso delictivo es como quedarse ciego, mudo y paralítico; tener sexo bajo consentimiento mutuo no es de civilizaciones sino de sociedades castradas; usar preservativo es para cobardes que temen morir en la arremetida. Por supuesto, nunca aceptaré tal control de mi sexualidad, porque sería mutilar estos apetitos eréctiles. Las ordenanzas antinaturales  voy a transgredirlas en Suecia, Samoa, Londres o Arizona.
De todas maneras no me creo esas pajas de la justicia sueca para extraditar a Julian Assange debido a delitos sexuales. Suecia es la cuna del amor libre, del nudismo, de las orgías, de los aquelarres, de los desfloramientos adolescentes  desde hace más de 50 años. Suecia fue la maestra mundial de las prácticas sexuales más desaforadas. Hasta nosotros aprendimos un poco las poses suecas. Si Francia hizo literatura, Suecia sigue haciendo historia sobre extravagancias sexuales. Al contrario de USA que es la letra escarlata,  fábrica de pornografía con pedazos de carne que exclaman oh God, con la misma mecánica sónica de sus chiquillas plásticas. USA es cero erotismo, porque sólo el trópico es el sexo de la tierra.
En consecuencia, las damas de compañía   que acusan a Julian son cortesanas de una mala película sueca, seguramente repudiada por Igmar Bergman. Al fin de cuentas, ni cuento de hadas, ni brujas, ni teatro ni siquiera una pasable intriga de maquiavelismo político. Sencillamente se trata de una operación al descubierto entre la puritana e hipócrita alianza de USA, Inglaterra y Suecia con el objetivo de conducir a Assange a USA para aplicarle la pena capital correspondiente a la libre expresión de sus reveladores  wikileaks. Es el viejo juicio de Salem  ahora puesto en escena global por alguna vieja histérica de apellido Clinton o de apellido Palin. Y cómo alvidar al pobre presidente Bill con su fláccido pene de 5 centímetros proyectado sobre pantalla de 42 pulgadas, mascullando entre mocos que no le habían dado chiche cuando era chiquito, y por eso requería la lengüita entrenada de Mónica Lewinski.
En estos momentos quizás Julian Assange va derecho al matadero y no sé porque me está recordando el Yo acuso escrito por Emilio Zolá. Sólo se parecen por la intriga política, por lo del chivo expiatorio, por las traiciones occidentales a la libertad del hombre. Me recuerda la farsa de los poderosos y también  la voz crítica de los intelectuales, cuando había crítica e intelectuales.
Estas palabras las he dicho con rabia e impotencia ante una acción despreciable, como corresponde a ese lamentable país al que yo siempre llamaré USA o simplemente US. Las digo porque no puedo callar, es demasiado. Las digo desde este paisaje del trópico sexual, violentamente erótico. Las aviento a la globalización que es la nada, presintiendo la humanidad que ya es casi nada.
 Una cosa final: Escucha  USA sedada por toxicomanías, con asesinos seriales bimensuales, puritana de ideología chatarra, escucha, ahora podrás darte gusto con los miembros erógenos  de Assange, darte gusto con tus modales  pornos, tecnos y absolutamente obscenos. Que les aproveche a todos los aliados la carne del hombre que desenmascaró su diplomacia de estados acabados.